Homenaje en la Cruz a Manuel Aranda.

     

 

 

Sr. Obispo, séquito que le acompaña, párroco de nuestro pueblo, queridos miembros de la Asociación Manuel Aranda: No es fácil para mí pronunciar unas palabras dedicadas a Manuel. Lo digo porque los diez o doce oradores que me precedieron en años anteriores, eligieron su mejor elocuencia para homenajear a nuestro mártir en éste para nosotros ya santuario adonde peregrinamos anualmente.

      Por ello, poco novedoso voy a aportar en mi intervención. Manuel ha sido reconocido ya mundialmente por la Iglesia católica que es la institución más antigua y con un ámbito de actuación más amplio, la cual le ha otorgado todos los méritos para entronizarlo como beato. Y lo ha hecho en base a un análisis profundo y exhaustivo de su vida y muerte. ¿ En qué contexto nació? ¿Cuál fue su formación religiosa? ¿Qué obstáculos hubo de vencer para ingresar en el Seminario? ¿ Qué recorrido le llevó a la meta que se propuso? ¿Cómo interpretó Manuel en la práctica la doctrina que abrazó? ¿Por qué prefirió el martirologio?

      A éstas y otras muchas cuestiones da respuesta el proceso incoado y concluso a Monseñor Basulto y compañeros, elaborado por la Diócesis de Jaén, en el que está incluido Manuel.

      En ese proceso sumarial, obran aportaciones de testigos presenciales de su muerte, testimonios de personas que lo conocieron, sus escritos, informes de peritos en la fe y otros muchos documentos que prueban fehacientemente la justicia de ser elevado a los altares.

      Haciendo un repaso breve de su vida, extraemos de ese proceso que Manuel nació en este nuestro entrañable anejo de Monte Lope Álvarez; que se crió en el seno de una familia cristiana y humilde; que sus padres inculcaron a sus descendientes unos valores morales acorde a la doctrina de Jesucristo y una necesidad ineludible y perentoria de trabajar en las faenas agrícolas y en la llevanza de un pequeño negocio de cereales que eran los pilares básicos del sustento familiar, cumpliendo así con  el GANARÄS EL PAN CON EL SUDOR DE TU FRENTE. Estas faenas de sol a sol dejaban poco tiempo disponible para la enseñanza de otros aprendizajes, que privaban a los niños de la época del derecho fundamental a la educación, aunque acudan esporádicamente a una escuela informal a falta de la oficial. No es pues un marco ideal para un  adecuado crecimiento y desarrollo de Lola, Cándida, Clotilde, Paco, José, Manuel y tantos otros jóvenes. Los avatares políticos que sobrevienen en los años treinta no contribuyen a llenar precisamente esas carencias.

      Condiciones durísimas como las apuntadas suelen formar personalidades recias como la de Manuel, que a temprana juventud y habiendo bebido solamente en las fuentes del Derecho Natural y en la desgarradora realidad que está viendo, emite juicios racionales en las controversias suscitadas, que desmoronan con rotundidad las propuestas de los demás.

      Y como relata Antonio Aranda en sus escritos, el Señor miró a Manuel y le dijo como al apóstol, SÍGUEME.

      Con esta encomienda divina, se pone Manuel ante sus padres para manifestarles su deseo de ingresar en el Seminario, no encontrando ciertamente una favorable acogida porque con argumentos como la escasez de recursos económicos y el radical laicismo de la República tratan sus progenitores de hacerle desistir. Mas Francisco y Lola, sus padres, conocen la voluntad férrea del hijo y tampoco van más allá; saben que Manuel ha tomado una firme decisión de seguir su vocación y no habrá nadie, ni nada que lo impida.

      Ingresa en el Seminario menor de Baeza para después, recalar en el de Jaén y cursar estudios superiores. Aprovecha con suficiencia las enseñanzas de sus maestros, los cuales le permiten adelantar algún curso en los meses de verano y en el Seminario empieza a destacar como clarividente alumno, al que todos escuchan cuando emite juicios de cualquier índole, extrañándose profesores y compañeros de su capacidad para asimilar la ciencia.

      Cuando Manuel viene de vacaciones a nuestro pueblo, alterna sus trabajos agrícolas con la impartición de catequesis; rezos de rosarios; consigue convencer a algunas parejas de hecho de la necesidad de casarse; a otras, de bautizar a sus hijos como mandan los sacramentos de la Iglesia; visita enfermos y en definitiva, propicia encuentros de los hombres con Dios. No se olvida Manuel del cumplimiento de los mandamientos, amando a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo; cumple con la liturgia en lo posible y también casi en los imposible, adoptando para ello decisiones heroicas. Reparte equitativamente con los demás lo que tiene, sin ostentaciones, ni alharacas y así cumplir con el QUE NO SEPA TU MANO DERECHA LO QUE HACE LA IZQUIERDA.

      Y por ésta su ejemplar y valerosa vida, es Manuel incomprendido y martirizado como tantos otros santos que le precedieron.

 

      En un ambiente de tremendas tensiones, comienza nuestra desgraciadísima Guerra civil y veinte días después Manuel muere en este lugar, imponiéndose la razón de la sinrazón. Fiel a sus creencias inquebrantables no busca la muerte, pero tampoco la rehuye: SI LOS PASTORES SE VAN, QUÉ VA A SER DE LAS OVEJAS.

      Pienso que es el momento de reflexionar en pos de una conclusión. Para mi entender, lo más destacable de Manuel es la COHERENCIA de su vida. Manuel predicó dando trigo. Siguió al pie de la letra la doctrina cristiana. ¡Ahí es nada! ¡Qué dificultad entraña eso! Os invito a hacer un ejercicio de autocrítica, mirando a nuestro interior en donde aparecerá la difícil concordancia de nuestras creencias con nuestra manera de obrar. Manuel no desvió ni una micra su hacer con su pensamiento humanista cristiano. Armonizó perfectamente su razón de ser con su comportamiento hasta empeñar su vida en ello. Y eso a mi parecer, es aproximadamente la base fundamental de la doctrina de Jesucristo y precisa ya de un reconocimiento por parte de la Iglesia.

      Yo quiero agradecerle al Obispo su presencia aquí. Al poco de llegar a la Diócesis y ordenar la llevanza de los asuntos de su ministerio, el pastor ha venido a estar con nosotros, con sus ovejas; a conocer mejor esta realidad que es la Asociación Manuel Aranda. Eso reconforta el espíritu y nos insufla nuevos ánimos. Pero también quiero manifestarle mi frustración  - quizás compartida con otros -  por la tardanza de ese reconocimiento solemne de la Iglesia a la valerosa vida de Manuel. También y a fuer de repetitivo, expresar mi frustración por la pérdida de solemnidad que supondría la no celebración en Roma.

      Y le pido Sr. Obispo con vehemencia respetuosa la urgencia de ese hecho que es justo per se, y porque los sobrinos y amigos de Manuel mayoría en esta Asociación, son octogenarios algunos, setentones otros y en los aledaños de los sesenta la mayoría y queremos estar y verlo.

      Por último, quiero dejar constancia histórica de nuestras nobles intenciones. Jamás las convocatorias familiares primero, ni la formal Asociación Manuel Aranda después, enarbolaron banderas políticas para la consecución de la beatificación y posterior canonización de Manuel Aranda. Nuestras aspiraciones se cifraban y concretan en el reconocimiento de esa tan reiterada COHERENCIA que presidió su vida.

      Por lo que respecta a la familia Aranda Espejo, guardó siempre un doloroso y respetuoso silencio, evitando comentarios que pudieran reabrir heridas y rencores. Yo he rebuscado en mis anales memorísticos familiares, para ver de encontrar algún parecido a lo que reivindican hoy algunos en forma de memoria histórica. Me he quedado casi en el empeño si no fuera por haberme venido al recuerdo la contestación de aquella manera que diera nuestro ilustre Botines a sus sobrinas, que le demandaban  los regalos que les traía de Madrid. Fue una contestación graciosa, que hemos comentado los familiares en reiteradas ocasiones de manera jocosa. Algún entronque   pudiera tener con la venta de humo, de méritos y proyectos sin contenido que sus patrocinadores puedan  haber comprado en los Almacenes Nada.

      Muchas gracias por vuestra atención y que Manuel vele por nosotros pecadores.

 

 

Francisco Bueno Aranda