Manuel está preso en la capilla del pueblo, porque es seminarista, ha dado catequesis a los niños y ha manifestado su condición de cristiano y su vocación sacerdotal. Le instan a que tire las imágenes, cuadros... que blasfeme. Se niega siempre. Los testimonios son unánimes. Hay amenazas y los mismos compañeros de cárcel le insinúan que podría "hacer algo, aunque sin sentirlo... ¿que malo tendría aquello, si así salvaba su vida?." Se niega y pide entristecido que no le repitan tal invitación.
El día 8 de agosto, hacia las 9 de la mañana, sale para su trabajo de preso y que era limpiar los patios de la fábrica y tirar la basura. Sale, carretera adelante, guardado por dos jóvenes con escopetas, avanzan hacia "la revuelta", le insultan, maltratan y dan culatazos... le piden que blasfeme, se ríen de él, Manuel siempre se niega.
A la altura del cortijo de "Oliveros", antes del Pozo de "La Patrocinia", le mandan salga de la carretera y entre en el olivar: unos niños están sacando agua, oyen y ven como se desenvuelve la escena:

"Pues yo os digo que no diré ni una palabra contra Dios. Por nada ni por nadie ofenderé su nombre."
- Blasfemas sí o no
- NO Y NO.
-
Pues te matamos.
- Venga de ahí.
"Sentimos tres disparos y los "milicianos"
acabaron con su vida".

El joven Seminarista, de 20 años de edad, dando ejemplo admirable de firmeza en la fe, de amor insigne a su vocación sacerdotal y de celo admirable por la salvación de las almas de sus prójimos cayó en la tierra que le viera nacer, y que fue testigo de sus grandes virtudes, y allí subió su heroica alma al Cielo, en donde en el glorioso coro de los mártires goza eternamente de las delicias de la vida inmortal.